Capítulo 14
La música retumbaba en el sótano de la mansión, un ritmo frenético que apenas podía ahogar los gritos de euforia y frenesí de los jóvenes. La fiesta se había desbordado, y aunque Cooper y yo estábamos allí como agentes encubiertos, la atmósfera era todo menos controlada. La universidad Central College Insilage se había convertido en el epicentro de una pesadilla que apenas comenzaba.
—Recuerda, McDowell, no podemos revelar nuestras identidades aún. Seamos discretos—me susurró Cooper mientras avanzábamos por el pasillo mal iluminado, esquivando grupos de jóvenes que se movían con despreocupación, ajenos al peligro que acechaba.
—Lo sé, pero la situación se está volviendo crítica —respondí, observando a un grupo de chicas jóvenes en una esquina, sus rostros pálidos y ansiosos. El fentanilo había comenzado a hacer estragos.
Mientras Cooper y yo nos mezclábamos entre los asistentes con nuestros disfraces de invitados —él con una sudadera, la barba y los anteojos de prescripción de la última vez, yo con un vestido ajustado, los anteojos de prescripción grandes y la peluca rubia en un moño alto— nos permitían pasar desapercibidos. El olor a alcohol barato, humo de marihuana y tabaco flotaba en el aire, pero algo más pesado lo envolvía todo: El peligro y el caos como un detonador latente.
Cooper ajustó su auricular mientras yo fingía bailar cerca de la barra, observando a unas jovencitas que parecían tambalearse por el consumo de alcohol y sustancias. Las luces estroboscópicas iluminaban las botellas de alcohol y las bolsitas de polvo blanco y pastillas que circulaban entre los jóvenes.
—Asegúrate de que tu auricular esté encendido —me susurró Cooper, mientras se acercaba a un grupo de mujeres jóvenes que reían y bailaban—. Vamos a necesitar todas las pruebas posibles.
Un grupo de hombres con camisetas negras y con tatuajes similares de serpientes pasó cerca, sus bolsillos abultados.
—¿Quieren algo?—preguntó uno, mostrando varios frascos de pastillas que tenían etiquetas de un pentagrama con serpientes, el símbolo del culto.
—No, gracias—sonreí, memorizando su rostro—. ¿De dónde son?
—Del campus universitario —respondió otro, señalando hacia dónde debía estar el Central College Insilage, o sea, al frente, cruzando la calle—. Allí hay de todo.
—Gracias por decirnos—Atajó Cooper—Tendremos que ir allí.
La nieve de enero envolvía el Central College Insilage como un sudario helado, el nombre de la universidad destacaba más que nada en la noche fría y perforaba la oscuridad con un brillo casi grotesco. El aire gélido de Montreal mordía mi nuca mientras observaba, desde la sombra de un arce desnudo, cómo el vestíbulo se convertía en un hervidero de sombras. Las pupilas dilatadas de los jóvenes brillaban como esferas en la penumbra, sus risas histéricas ahogadas por la música que vibraba a través de las paredes.
—Que gran fiesta —susurró Cooper, ajustando el micrófono oculto en su cuello. La policía local esperaba discretamente a varias manzanas, las luces de las patrullas parpadeando como luciérnagas en la niebla esperando una señal nuestra para intervenir.
El pasillo del primer piso era un laberinto de cuerpos que se contorsionaban al ritmo de la música distorsionada. Un grupo de hombres acompañados de tres mujeres jóvenes tropezaron contra la entrada de emergencia, y el sonido metálico de sus caídas resonó como un disparo. Central College Insilage —el nombre se repetía en mi mente, asociado a informes de desapariciones, violaciones y sobredosis—. La nieve seguía cayendo, silenciosa, mientras el caos dentro del campus universitario crecía a un ritmo latente.
—Movimiento en el ala este —gruñó la voz del operador en mi auricular. Las figuras de varios hombres encapuchados empujaron a las tres chicas hacia las escaleras de servicio. Sus uñas arañaron el aire antes de desaparecer en la oscuridad.
—Espera —ordené, mi mano apretando el brazo de Cooper bajo el abrigo. La señal de la policía era inminente, pero algo no cuadraba.
El ambiente cambió de repente. Unos gritos desgarradores resonaron desde el fondo, seguido de un estruendo ensordecedor. La música se detuvo y el pánico se apoderó de la multitud.
—¡Fuera, fuera, todos afuera! —gritó alguien, y la confusión y el caos se desató.
Cooper y yo intercambiamos miradas. Sabíamos que esto no podía terminar bien. A través de la muchedumbre, nos movimos rápidamente, tratando de mantener la calma y asegurar que nadie resultara herido. En medio del caos, el sonido de disparos resonó desde los pisos superiores.
—¡Es un tiroteo! —gritó alguien, y el pánico se intensificó.
—Vamos, tenemos que salir de aquí —dije.
Cooper se quedó atrás, tratando de evaluar la situación.
Pero antes de que pudiéramos avanzar, más disparos sonaron, y el suelo tembló bajo nuestros pies.
—¿Qué fue eso? —pregunté, sintiendo que la adrenalina volvía a fluir a través de mí.
—No lo sé, pero no suena bien —respondió Cooper.
Mientras organizábamos el siguiente paso, una segunda explosión resonó a lo lejos, sacudiendo todo a nuestro alrededor.
—Es ahora o nunca —murmuró.
Asentí, ajustando mi Glock 19 bajo la chaqueta.
Con un movimiento decidido, nos levantamos y avanzamos hacia la escalera. Mientras nos movíamos, el olor a humo comenzó a infiltrarse en el aire. Miré hacia atrás y vi llamas brotando de los salones. La universidad se había convertido en un infierno.
Al llegar al tercer piso, el aire era más denso, lleno de humo y desesperación. El fuego comenzó a brotar de las cortinas y los jóvenes comenzaron a correr en diferentes direcciones. El caos absoluto se apoderaba del lugar y la situación se volvía cada vez más peligrosa. Sabía que teníamos que actuar rápido.
Cuando la policía irrumpió, encontramos a tres hombres armados y cajas de fentanilo etiquetadas con el logo de una serpiente.
—¡Nadie se mueve! —gritó un oficial, y el caos se desató.
Los hombres se dieron la vuelta, sorprendidos, y el tiroteo estalló de nuevo. Cooper y yo nos lanzamos al suelo, buscando cobertura detrás de una columna. Las balas silbaban a nuestro alrededor, y mi corazón latía con fuerza.
—¡Necesitamos refuerzos! —gritó el oficial francófono, sacando su radio.
—¡Asegúrense de que no escapen! —gritó otro a un grupo de oficiales que le seguían.
—¡Están corriendo hacia la azotea! —gritó alguien mientras corría. Cooper y yo intercambiamos una mirada y, sin dudarlo, nos dirigimos hacia las escaleras con las armas desenfundadas pero los oficiales nos detuvieron.
—Nosotros nos encargamos— Gesticuló un oficial haciéndonos a un lado mientras corrían en fila hacia la azotea.
Cooper apretó la mandíbula, enojado.
—Tenemos mucho trabajo por hacer como para poner nuestras identidades en riesgo ahora—Le dije presionando su brazo.
Había sido muy difícil que nos autorizaran el uso del armamento en suelo canadiense. Teníamos que actuar con prudencia.
En ese momento, el humo se volvió espeso, y las llamas comenzaron a consumir el campus a nuestro alrededor. La sirena de los camiones de bomberos sonó en la distancia. Sabíamos que teníamos que salir, pero antes de hacerlo, Cooper y yo queríamos asegurarnos que todos los jóvenes fueran evacuados. Al abrir la puerta de uno de los salones del tercer piso, el humo nos dio de lleno. Cooper se acercó a mí, su expresión grave. Allí encontramos los cuerpos sin vida de tres mujeres jóvenes. Desnudas, violadas, con signos de sobredosis y con marcas de aguja en el brazo. Dentro de otro de los salones, vimos a un grupo de jóvenes atrapados, algunos con expresiones de pánico, mientras otros intentaban mantenerse en pie.
—¿Qué hacemos con las chicas? —pregunté, recordando las víctimas de sobredosis, aunque sabía que no había nada que pudiéramos hacer.
—Los paramédicos y las ambulancias ya están en camino —respondió Cooper, mirando hacia la multitud. —Necesitamos asegurarnos de que todos estén a salvo.
Los jóvenes comenzaron a moverse, pero el humo los desorientaba. Tomé la iniciativa y comencé a guiarlos hacia las escaleras mientras Cooper se aseguraba de que nadie se quedara atrapado.
—¡Rápido, sigan mi voz! —grité, sintiendo que el tiempo se agotaba. A medida que avanzábamos, el sonido de las llamas crepitantes se hacía más fuerte, y la oscuridad del humo se volvía más densa.
El caos del campus en llamas se había transformado en un torbellino de luces y sirenas. La escena era surrealista: jóvenes aturdidos, oficiales de policía tratando de mantener el control mientras llevaban a cabo arrestos masivos y el humo que se elevaba hacia el cielo nocturno. Mientras conducíamos a los jóvenes fuera del edificio, mi mente giraba con la gravedad de lo que acababa de suceder. Tres chicas habían muerto, debido a un culto insidioso y a un sistema que había fallado en protegerlas.
Cooper y yo nos movimos rápidamente entre la multitud, ayudando a evacuar a las personas que aún permanecían en estado de shock. El incendio comenzó en el tercer piso, propagándose como una bestia hambrienta. Las llamas envolvieron el campus del Central College Insilage, engullendo todo a su alrededor y reduciendo a cenizas los edificios de madera y hormigón.
El caos reinaba también en la mansión, y la multitud se dispersaba en pánico. Las luces comenzaron a parpadear y, en un instante, el fuego se propagó allí también. La policía local se había movilizado, y los bomberos comenzaban a luchar contra las llamas que devoraban y engullían el edificio.
Un oficial, con una expresión pálida, nos informó que las explosiones habían sido causadas por las reservas de químicos almacenadas en el laboratorio de la universidad y por el colapso del sistema eléctrico. También sucedió lo mismo en la mansión, donde había un laboratorio lleno de químicos usados para producir explosivos. El fuego se había extendido, y había más jóvenes atrapados.
Más sirenas comenzaron a sonar a lo lejos, y la escena se tornó en un caos organizado. Mientras esperábamos, el humo comenzaba a disiparse, revelando la magnitud de la destrucción. El campus y la mansión, una vez vibrantes, se habían convertido en un cenagal de escombros y cenizas.
—El culto usó el incendio para destruir pruebas —murmuró Cooper.
—No mencionaran el culto.—Suspiré seria— Quieren que pensemos que es un caso de narcotráfico.
La nieve comenzó a caer mientras cargaban los cuerpos de las tres chicas en bolsas negras. Cooper me miró, y por primera vez, vi lástima en sus ojos.
—¿Y si esto es solo el principio? —susurré.
—No lo será —dijo, ajustando su abrigo—. Porque ahora sabemos dónde están.
—No se detendrán —dije, mirando el fuego consumir lo que quedaba del campus—. Esto es solo el comienzo.
—Recuerda, McDowell, no podemos revelar nuestras identidades aún. Seamos discretos—me susurró Cooper mientras avanzábamos por el pasillo mal iluminado, esquivando grupos de jóvenes que se movían con despreocupación, ajenos al peligro que acechaba.
—Lo sé, pero la situación se está volviendo crítica —respondí, observando a un grupo de chicas jóvenes en una esquina, sus rostros pálidos y ansiosos. El fentanilo había comenzado a hacer estragos.
Mientras Cooper y yo nos mezclábamos entre los asistentes con nuestros disfraces de invitados —él con una sudadera, la barba y los anteojos de prescripción de la última vez, yo con un vestido ajustado, los anteojos de prescripción grandes y la peluca rubia en un moño alto— nos permitían pasar desapercibidos. El olor a alcohol barato, humo de marihuana y tabaco flotaba en el aire, pero algo más pesado lo envolvía todo: El peligro y el caos como un detonador latente.
Cooper ajustó su auricular mientras yo fingía bailar cerca de la barra, observando a unas jovencitas que parecían tambalearse por el consumo de alcohol y sustancias. Las luces estroboscópicas iluminaban las botellas de alcohol y las bolsitas de polvo blanco y pastillas que circulaban entre los jóvenes.
—Asegúrate de que tu auricular esté encendido —me susurró Cooper, mientras se acercaba a un grupo de mujeres jóvenes que reían y bailaban—. Vamos a necesitar todas las pruebas posibles.
Un grupo de hombres con camisetas negras y con tatuajes similares de serpientes pasó cerca, sus bolsillos abultados.
—¿Quieren algo?—preguntó uno, mostrando varios frascos de pastillas que tenían etiquetas de un pentagrama con serpientes, el símbolo del culto.
—No, gracias—sonreí, memorizando su rostro—. ¿De dónde son?
—Del campus universitario —respondió otro, señalando hacia dónde debía estar el Central College Insilage, o sea, al frente, cruzando la calle—. Allí hay de todo.
—Gracias por decirnos—Atajó Cooper—Tendremos que ir allí.
La nieve de enero envolvía el Central College Insilage como un sudario helado, el nombre de la universidad destacaba más que nada en la noche fría y perforaba la oscuridad con un brillo casi grotesco. El aire gélido de Montreal mordía mi nuca mientras observaba, desde la sombra de un arce desnudo, cómo el vestíbulo se convertía en un hervidero de sombras. Las pupilas dilatadas de los jóvenes brillaban como esferas en la penumbra, sus risas histéricas ahogadas por la música que vibraba a través de las paredes.
—Que gran fiesta —susurró Cooper, ajustando el micrófono oculto en su cuello. La policía local esperaba discretamente a varias manzanas, las luces de las patrullas parpadeando como luciérnagas en la niebla esperando una señal nuestra para intervenir.
El pasillo del primer piso era un laberinto de cuerpos que se contorsionaban al ritmo de la música distorsionada. Un grupo de hombres acompañados de tres mujeres jóvenes tropezaron contra la entrada de emergencia, y el sonido metálico de sus caídas resonó como un disparo. Central College Insilage —el nombre se repetía en mi mente, asociado a informes de desapariciones, violaciones y sobredosis—. La nieve seguía cayendo, silenciosa, mientras el caos dentro del campus universitario crecía a un ritmo latente.
—Movimiento en el ala este —gruñó la voz del operador en mi auricular. Las figuras de varios hombres encapuchados empujaron a las tres chicas hacia las escaleras de servicio. Sus uñas arañaron el aire antes de desaparecer en la oscuridad.
—Espera —ordené, mi mano apretando el brazo de Cooper bajo el abrigo. La señal de la policía era inminente, pero algo no cuadraba.
El ambiente cambió de repente. Unos gritos desgarradores resonaron desde el fondo, seguido de un estruendo ensordecedor. La música se detuvo y el pánico se apoderó de la multitud.
—¡Fuera, fuera, todos afuera! —gritó alguien, y la confusión y el caos se desató.
Cooper y yo intercambiamos miradas. Sabíamos que esto no podía terminar bien. A través de la muchedumbre, nos movimos rápidamente, tratando de mantener la calma y asegurar que nadie resultara herido. En medio del caos, el sonido de disparos resonó desde los pisos superiores.
—¡Es un tiroteo! —gritó alguien, y el pánico se intensificó.
—Vamos, tenemos que salir de aquí —dije.
Cooper se quedó atrás, tratando de evaluar la situación.
Pero antes de que pudiéramos avanzar, más disparos sonaron, y el suelo tembló bajo nuestros pies.
—¿Qué fue eso? —pregunté, sintiendo que la adrenalina volvía a fluir a través de mí.
—No lo sé, pero no suena bien —respondió Cooper.
Mientras organizábamos el siguiente paso, una segunda explosión resonó a lo lejos, sacudiendo todo a nuestro alrededor.
—Es ahora o nunca —murmuró.
Asentí, ajustando mi Glock 19 bajo la chaqueta.
Con un movimiento decidido, nos levantamos y avanzamos hacia la escalera. Mientras nos movíamos, el olor a humo comenzó a infiltrarse en el aire. Miré hacia atrás y vi llamas brotando de los salones. La universidad se había convertido en un infierno.
Al llegar al tercer piso, el aire era más denso, lleno de humo y desesperación. El fuego comenzó a brotar de las cortinas y los jóvenes comenzaron a correr en diferentes direcciones. El caos absoluto se apoderaba del lugar y la situación se volvía cada vez más peligrosa. Sabía que teníamos que actuar rápido.
Cuando la policía irrumpió, encontramos a tres hombres armados y cajas de fentanilo etiquetadas con el logo de una serpiente.
—¡Nadie se mueve! —gritó un oficial, y el caos se desató.
Los hombres se dieron la vuelta, sorprendidos, y el tiroteo estalló de nuevo. Cooper y yo nos lanzamos al suelo, buscando cobertura detrás de una columna. Las balas silbaban a nuestro alrededor, y mi corazón latía con fuerza.
—¡Necesitamos refuerzos! —gritó el oficial francófono, sacando su radio.
—¡Asegúrense de que no escapen! —gritó otro a un grupo de oficiales que le seguían.
—¡Están corriendo hacia la azotea! —gritó alguien mientras corría. Cooper y yo intercambiamos una mirada y, sin dudarlo, nos dirigimos hacia las escaleras con las armas desenfundadas pero los oficiales nos detuvieron.
—Nosotros nos encargamos— Gesticuló un oficial haciéndonos a un lado mientras corrían en fila hacia la azotea.
Cooper apretó la mandíbula, enojado.
—Tenemos mucho trabajo por hacer como para poner nuestras identidades en riesgo ahora—Le dije presionando su brazo.
Había sido muy difícil que nos autorizaran el uso del armamento en suelo canadiense. Teníamos que actuar con prudencia.
En ese momento, el humo se volvió espeso, y las llamas comenzaron a consumir el campus a nuestro alrededor. La sirena de los camiones de bomberos sonó en la distancia. Sabíamos que teníamos que salir, pero antes de hacerlo, Cooper y yo queríamos asegurarnos que todos los jóvenes fueran evacuados. Al abrir la puerta de uno de los salones del tercer piso, el humo nos dio de lleno. Cooper se acercó a mí, su expresión grave. Allí encontramos los cuerpos sin vida de tres mujeres jóvenes. Desnudas, violadas, con signos de sobredosis y con marcas de aguja en el brazo. Dentro de otro de los salones, vimos a un grupo de jóvenes atrapados, algunos con expresiones de pánico, mientras otros intentaban mantenerse en pie.
—¿Qué hacemos con las chicas? —pregunté, recordando las víctimas de sobredosis, aunque sabía que no había nada que pudiéramos hacer.
—Los paramédicos y las ambulancias ya están en camino —respondió Cooper, mirando hacia la multitud. —Necesitamos asegurarnos de que todos estén a salvo.
Los jóvenes comenzaron a moverse, pero el humo los desorientaba. Tomé la iniciativa y comencé a guiarlos hacia las escaleras mientras Cooper se aseguraba de que nadie se quedara atrapado.
—¡Rápido, sigan mi voz! —grité, sintiendo que el tiempo se agotaba. A medida que avanzábamos, el sonido de las llamas crepitantes se hacía más fuerte, y la oscuridad del humo se volvía más densa.
El caos del campus en llamas se había transformado en un torbellino de luces y sirenas. La escena era surrealista: jóvenes aturdidos, oficiales de policía tratando de mantener el control mientras llevaban a cabo arrestos masivos y el humo que se elevaba hacia el cielo nocturno. Mientras conducíamos a los jóvenes fuera del edificio, mi mente giraba con la gravedad de lo que acababa de suceder. Tres chicas habían muerto, debido a un culto insidioso y a un sistema que había fallado en protegerlas.
Cooper y yo nos movimos rápidamente entre la multitud, ayudando a evacuar a las personas que aún permanecían en estado de shock. El incendio comenzó en el tercer piso, propagándose como una bestia hambrienta. Las llamas envolvieron el campus del Central College Insilage, engullendo todo a su alrededor y reduciendo a cenizas los edificios de madera y hormigón.
El caos reinaba también en la mansión, y la multitud se dispersaba en pánico. Las luces comenzaron a parpadear y, en un instante, el fuego se propagó allí también. La policía local se había movilizado, y los bomberos comenzaban a luchar contra las llamas que devoraban y engullían el edificio.
Un oficial, con una expresión pálida, nos informó que las explosiones habían sido causadas por las reservas de químicos almacenadas en el laboratorio de la universidad y por el colapso del sistema eléctrico. También sucedió lo mismo en la mansión, donde había un laboratorio lleno de químicos usados para producir explosivos. El fuego se había extendido, y había más jóvenes atrapados.
Más sirenas comenzaron a sonar a lo lejos, y la escena se tornó en un caos organizado. Mientras esperábamos, el humo comenzaba a disiparse, revelando la magnitud de la destrucción. El campus y la mansión, una vez vibrantes, se habían convertido en un cenagal de escombros y cenizas.
—El culto usó el incendio para destruir pruebas —murmuró Cooper.
—No mencionaran el culto.—Suspiré seria— Quieren que pensemos que es un caso de narcotráfico.
La nieve comenzó a caer mientras cargaban los cuerpos de las tres chicas en bolsas negras. Cooper me miró, y por primera vez, vi lástima en sus ojos.
—¿Y si esto es solo el principio? —susurré.
—No lo será —dijo, ajustando su abrigo—. Porque ahora sabemos dónde están.
—No se detendrán —dije, mirando el fuego consumir lo que quedaba del campus—. Esto es solo el comienzo.
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