Capítulo 29
El amanecer no era cálido; el invierno nos envolvía con una brisa gélida y helada. Después de horas diseccionando informes, Cooper y yo sentimos el peso del agotamiento acumulado y la necesidad de un respiro. Habíamos ganado terreno, pero no podíamos permitir que la adrenalina nos consumiera; la guerra invisible exigía no solo astucia, sino también resistencia física y mental. Mentes claras, no agotadas.
—Vamos a desconectar un poco —propuso él, con ese semblante que siempre precedía a sus planes calculados—. Spas, una comida decente, y seguimos hablando de estrategias. Nada de estancamiento. Necesitamos un poco de perspectiva fresca.
Asentí, reconociendo la sabiduría en su sugerencia. No era rendición, sino táctica: un respiro para afilar la mente, lejos de las pantallas y los papeles. Mantendríamos el profesionalismo, conversando en códigos sutiles, como siempre. Salimos del apartamento envueltos en abrigos gruesos, el viento cortante azotando las calles nevadas. Montreal brillaba con luces navideñas tardías, un contraste irónico para nosotros con todo lo que enfrentábamos. Nuestro primer destino fue un spa discreto en el centro, uno de esos refugios nórdicos con baños calientes, saunas, cascadas de hielo y piscinas termales que prometían derretir la frustración acumulada. El contraste —calor abrasador, frío punzante— era como nuestra vida: picos de intensidad seguidos de claridad glacial. Era perfecto: relajante, pero con ese toque crudo que nos recordaba la disciplina. Nos instalamos en una esquina apartada, el vapor caliente envolviéndonos mientras el agua burbujeaba a nuestros pies. Mantuvimos el profesionalismo: nada de confidencias personales, solo el flujo constante de análisis.
—Esto es lo que nos diferencia de ellos —murmuró Cooper mientras flotábamos en el agua, nuestras voces bajas para no atraer oídos curiosos—. Ellos actúan por pánico; nosotros, con paciencia, y no moveremos ficha hasta que sea el momento preciso. Prioricemos los cabos sueltos.
Mientras el calor calaba en nuestros músculos tensos, desplegué mi tablet resistente al agua sobre una repisa cercana.
—Con Sergio Martínez muerto en los reportes —confirmado por múltiples fuentes—, todo se desmembra —dije, pasando las páginas digitales—. Sus tres hijas desaparecidas, la esposa en el manicomio, el incendio en el campus... Es el caos que esperábamos. Pero necesitamos verificación ocular antes de celebrar. Nos quedaremos en Montreal indefinidamente; no hay prisa por movernos.
Cooper asintió, sumergiendo los hombros en el agua humeante.
—Exacto. Guyana es el próximo tablero de ajedrez. Sabemos que opera un canal de televisión desde allí —solo uno, no dos o tres como pensábamos inicialmente— y que financian y sostienen un grupo armado local bastante sofisticado que usa tecnología moderna para cometer sus crímenes. Con las fichas que ya movimos —denuncias anónimas, filtraciones a la justicia—, deberían caer por su propio peso. No intervengamos directamente; dejémoslos expuestos y esperemos.
—Estamos lidiando con criminales que están acostumbrados a cometer crímenes con impunidad y salirse con la suya sin objeciones. Pero mientras nosotros detectemos actividad, no nos vamos a detener; no podemos, muchas vidas corren peligro.
—Mantengamos un perfil bajo mientras hacemos nuestro trabajo. Y que nuestras victorias hablen por nosotros.
—Me gusta eso. —Sonreí ampliamente.
—¿Qué hay de Estados Unidos?
Suspiré, rozando el enojo.
—¿Por qué insistes con Estados Unidos? Si habláramos de una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos, a su economía, a sus políticos, sus instituciones, sus autoridades, sus partidos, sus políticas, su administración, su gobierno y su liderazgo mundial; que estén creando un caos social, político dentro del país y a nivel geopolítico que debilite a Estados Unidos en el escenario internacional y que crean que pueden influir y malear la nación entera a su antojo y según sus caprichos, y nadie haga nada... Para la potencia más poderosa del planeta, eso sería ridículo, incluso vergonzoso. Pero solo estamos hablando de un hombre con su esposa y sus tres hijas, los cuales estaban en Miami y huyeron a Canadá.
—Si nosotros hubiésemos estado a cargo de este caso cuando estaban en Miami, la historia ahora sería otra.
—Pero estamos aquí en Montreal y los reportes y los informes son bastante alentadores.—continué—. La mujer del certamen de belleza y su marido están en Madrid con los tres hijos. Tenemos evidencia sólida de sus crímenes, pero no perderemos tiempo allí para evitar patrones. Y no olvidemos que Portugal e Italia ya los tienen contra las cuerdas. Esa mujer es el hilo flojo. En España son estables, pero predecibles. Sin embargo, tarde o temprano tendremos que ir allí aunque no queramos.
El spa nos permitió procesar sin presión, el vapor actuando como velo para nuestras conversaciones. Salimos renovados, la piel vibrante y las mentes afiladas.
Caminamos después hasta un bistró acogedor del Plateau-Mont-Royal, un rincón con mesas de madera y velas titilantes. Pedimos poutine cargado de queso fundido y gravy espeso, seguido de un estofado de ciervo local para combatir el frío. El vino tinto, robusto y terroso, calentaba desde dentro. Conversamos con naturalidad, pero cada palabra llevaba peso.
—Tu intuición con los informes fue clave —dijo él, cortando un bocado—. Nadie conecta España, Guyana y Montreal como nosotros. Pero el vacío tras Sergio Martínez... podría atraer oportunistas.
—Monitoreamos, no reaccionamos —repliqué, saboreando la comida—. Hoy ganamos claridad. Mañana, el siguiente movimiento.
Reímos por primera vez en días, un sonido bajo y genuino que aliviaba la tensión sin disiparla.
—Esto mantiene el momentum sin quemarnos —dijo Cooper, pinchando un trozo de pan—. En Guyana se desmoronarán por sí solos. El tablero minado los hará cometer errores garrafales y, sin saberlo, terminarán aceptando y haciendo lo que queramos sin cuestionamientos. Caerán en su propio juego y en sus propias trampas. Están tan expuestos que literalmente están suplicando, rogando e implorando ser derribados.
Coincidí, sorbiendo el vino.
—Madrid queda en observación. Prioricemos la confirmación aquí. ¿Pero por qué seguimos en esto, Cooper? ¿Qué nos impulsa de verdad?
Él se inclinó, su mirada fija y profesional.
—Reconocimiento, un ascenso sólido y dinero. Mucho dinero. Este caso nos pone en el pedestal.
Sonreí, sintiendo el peso de mi propia verdad.
—Yo también, claro. Pero este en particular... lo resolvería gratis. Después de los horrores que hemos visto, no podemos quedarnos sin hacer nada. Además, amo mi trabajo.
Cooper levantó su copa en un brindis silencioso, la luz de las velas danzando en el tinto profundo.
—Entonces sigamos. Victoria contenida, pero inevitable —dijo con voz grave, sus ojos fijos en los míos.
—Victoria contenida e inevitable —afirmé, chocando mi copa contra la suya con un tintineo firme que resonó como un pacto sellado en acero. El impacto vibró en mis dedos, un recordatorio visceral de que no había marcha atrás.
Regresamos al apartamento en la noche con una luna refulgente en lo alto del cielo, el fuego interior reavivado que ardía aún más fuerte. La relajación había sido estratégica: ambos descansados y con planes refinados. La guerra continuaba, pero ahora con calma letal. Teníamos todo el tiempo del mundo. Montreal, con su justicia cómplice, nos resguardaba, y el siguiente paso se perfilaba claro.
—Vamos a desconectar un poco —propuso él, con ese semblante que siempre precedía a sus planes calculados—. Spas, una comida decente, y seguimos hablando de estrategias. Nada de estancamiento. Necesitamos un poco de perspectiva fresca.
Asentí, reconociendo la sabiduría en su sugerencia. No era rendición, sino táctica: un respiro para afilar la mente, lejos de las pantallas y los papeles. Mantendríamos el profesionalismo, conversando en códigos sutiles, como siempre. Salimos del apartamento envueltos en abrigos gruesos, el viento cortante azotando las calles nevadas. Montreal brillaba con luces navideñas tardías, un contraste irónico para nosotros con todo lo que enfrentábamos. Nuestro primer destino fue un spa discreto en el centro, uno de esos refugios nórdicos con baños calientes, saunas, cascadas de hielo y piscinas termales que prometían derretir la frustración acumulada. El contraste —calor abrasador, frío punzante— era como nuestra vida: picos de intensidad seguidos de claridad glacial. Era perfecto: relajante, pero con ese toque crudo que nos recordaba la disciplina. Nos instalamos en una esquina apartada, el vapor caliente envolviéndonos mientras el agua burbujeaba a nuestros pies. Mantuvimos el profesionalismo: nada de confidencias personales, solo el flujo constante de análisis.
—Esto es lo que nos diferencia de ellos —murmuró Cooper mientras flotábamos en el agua, nuestras voces bajas para no atraer oídos curiosos—. Ellos actúan por pánico; nosotros, con paciencia, y no moveremos ficha hasta que sea el momento preciso. Prioricemos los cabos sueltos.
Mientras el calor calaba en nuestros músculos tensos, desplegué mi tablet resistente al agua sobre una repisa cercana.
—Con Sergio Martínez muerto en los reportes —confirmado por múltiples fuentes—, todo se desmembra —dije, pasando las páginas digitales—. Sus tres hijas desaparecidas, la esposa en el manicomio, el incendio en el campus... Es el caos que esperábamos. Pero necesitamos verificación ocular antes de celebrar. Nos quedaremos en Montreal indefinidamente; no hay prisa por movernos.
Cooper asintió, sumergiendo los hombros en el agua humeante.
—Exacto. Guyana es el próximo tablero de ajedrez. Sabemos que opera un canal de televisión desde allí —solo uno, no dos o tres como pensábamos inicialmente— y que financian y sostienen un grupo armado local bastante sofisticado que usa tecnología moderna para cometer sus crímenes. Con las fichas que ya movimos —denuncias anónimas, filtraciones a la justicia—, deberían caer por su propio peso. No intervengamos directamente; dejémoslos expuestos y esperemos.
—Estamos lidiando con criminales que están acostumbrados a cometer crímenes con impunidad y salirse con la suya sin objeciones. Pero mientras nosotros detectemos actividad, no nos vamos a detener; no podemos, muchas vidas corren peligro.
—Mantengamos un perfil bajo mientras hacemos nuestro trabajo. Y que nuestras victorias hablen por nosotros.
—Me gusta eso. —Sonreí ampliamente.
—¿Qué hay de Estados Unidos?
Suspiré, rozando el enojo.
—¿Por qué insistes con Estados Unidos? Si habláramos de una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos, a su economía, a sus políticos, sus instituciones, sus autoridades, sus partidos, sus políticas, su administración, su gobierno y su liderazgo mundial; que estén creando un caos social, político dentro del país y a nivel geopolítico que debilite a Estados Unidos en el escenario internacional y que crean que pueden influir y malear la nación entera a su antojo y según sus caprichos, y nadie haga nada... Para la potencia más poderosa del planeta, eso sería ridículo, incluso vergonzoso. Pero solo estamos hablando de un hombre con su esposa y sus tres hijas, los cuales estaban en Miami y huyeron a Canadá.
—Si nosotros hubiésemos estado a cargo de este caso cuando estaban en Miami, la historia ahora sería otra.
—Pero estamos aquí en Montreal y los reportes y los informes son bastante alentadores.—continué—. La mujer del certamen de belleza y su marido están en Madrid con los tres hijos. Tenemos evidencia sólida de sus crímenes, pero no perderemos tiempo allí para evitar patrones. Y no olvidemos que Portugal e Italia ya los tienen contra las cuerdas. Esa mujer es el hilo flojo. En España son estables, pero predecibles. Sin embargo, tarde o temprano tendremos que ir allí aunque no queramos.
El spa nos permitió procesar sin presión, el vapor actuando como velo para nuestras conversaciones. Salimos renovados, la piel vibrante y las mentes afiladas.
Caminamos después hasta un bistró acogedor del Plateau-Mont-Royal, un rincón con mesas de madera y velas titilantes. Pedimos poutine cargado de queso fundido y gravy espeso, seguido de un estofado de ciervo local para combatir el frío. El vino tinto, robusto y terroso, calentaba desde dentro. Conversamos con naturalidad, pero cada palabra llevaba peso.
—Tu intuición con los informes fue clave —dijo él, cortando un bocado—. Nadie conecta España, Guyana y Montreal como nosotros. Pero el vacío tras Sergio Martínez... podría atraer oportunistas.
—Monitoreamos, no reaccionamos —repliqué, saboreando la comida—. Hoy ganamos claridad. Mañana, el siguiente movimiento.
Reímos por primera vez en días, un sonido bajo y genuino que aliviaba la tensión sin disiparla.
—Esto mantiene el momentum sin quemarnos —dijo Cooper, pinchando un trozo de pan—. En Guyana se desmoronarán por sí solos. El tablero minado los hará cometer errores garrafales y, sin saberlo, terminarán aceptando y haciendo lo que queramos sin cuestionamientos. Caerán en su propio juego y en sus propias trampas. Están tan expuestos que literalmente están suplicando, rogando e implorando ser derribados.
Coincidí, sorbiendo el vino.
—Madrid queda en observación. Prioricemos la confirmación aquí. ¿Pero por qué seguimos en esto, Cooper? ¿Qué nos impulsa de verdad?
Él se inclinó, su mirada fija y profesional.
—Reconocimiento, un ascenso sólido y dinero. Mucho dinero. Este caso nos pone en el pedestal.
Sonreí, sintiendo el peso de mi propia verdad.
—Yo también, claro. Pero este en particular... lo resolvería gratis. Después de los horrores que hemos visto, no podemos quedarnos sin hacer nada. Además, amo mi trabajo.
Cooper levantó su copa en un brindis silencioso, la luz de las velas danzando en el tinto profundo.
—Entonces sigamos. Victoria contenida, pero inevitable —dijo con voz grave, sus ojos fijos en los míos.
—Victoria contenida e inevitable —afirmé, chocando mi copa contra la suya con un tintineo firme que resonó como un pacto sellado en acero. El impacto vibró en mis dedos, un recordatorio visceral de que no había marcha atrás.
Regresamos al apartamento en la noche con una luna refulgente en lo alto del cielo, el fuego interior reavivado que ardía aún más fuerte. La relajación había sido estratégica: ambos descansados y con planes refinados. La guerra continuaba, pero ahora con calma letal. Teníamos todo el tiempo del mundo. Montreal, con su justicia cómplice, nos resguardaba, y el siguiente paso se perfilaba claro.
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